Casi en el mismo corazón de la antigua Barcelona -calle Sant Pau, 65-, a pocos metros de La Rambla, existe un local bicentenario que ha sido testigo de las innumerables historias que han ido configurando el carácter de esta ciudad.
Todo a su alrededor ha ido cambiando, pero en el interior del Bar Marsella, inaugurado en 1820, el tiempo se detuvo hace muchos años para dar forma a uno de los locales con más personalidad de la ciudad condal, uno de los últimos reductos de la bohemia más decadente, aquella que celebraba la vida y buscaba su yo interno ahogando las penas en una copa de absenta.
El local es amplio y despejado y llama la atención por su pavimento hidráulico, tan característico en Barcelona, por sus muebles añejos y vitrinas repletas de botellas y, sobre todo, por los techos completamente desconchados y llenos de telarañas.
En sus ahora desvencijadas mesas de mármol se han sentado personalidades como Ernest Hemingway, que fue corresponsal durante la Guerra Civil española y se dejó llevar por las noches barcelonesas y las copas del Marsella. También fueron asiduos Pablo Picasso, que tenía su taller no muy lejos de allí, en el barrio del Born, y Salvador Dalí, cuya excentricidad casaba a la perfección con la personalidad del local.
"Prohibido estacionarse en las mesas", reza un letrero en su interior que pertenece a la época franquista, una forma de prohibir las reuniones clandestinas de más de tres personas; el de "Prohibido cantar", también, cosa que hacían cuando eran desalojados; porque se sabía que en el Marsella, frecuentado por intelectuales y artistas de la época, se reunían personas contrarias al régimen para compartir sus críticas e inquietudes contra la dictadura franquista.
El Marsella, como el London-Bar o el Pastís, es uno de los locales más emblemáticos del Raval. Es un orgullo para el barrio, una joya de la arquitectura modernista más sencilla pero con 200 años de historia.
Hace poco más de cincp años, este bar estuvo a punto de desaparecer pero el Ayuntamiento compró el edificio, lo que ha permitido al Marsella seguir su andadura camino del bicentenario.
La singularidad del Marsella, con su aura bohemia y la buena fama de su absenta, no pasa inadvertida a una clientela principalmente joven y alguno entrado en años añorante de tiempos pasados.
Ostras, que mala suerte, espero que no sea nada importante. Pero aunque te sientas bien en este momento sería muy interesante saber que te ha provocado esta pérdida de conocimiento.
ResponEliminaY nada más, desearte lo mejor y a continuar con tus magníficas pinturas y fotografías.
Un abrazo.